viernes, 31 de mayo de 2013

El hermano mayor del 'Titanic' 
 El 'Allure of the Seas' es el barco más grande del mundo: cinco veces más pesado que el Titanic, 360 metros de eslora, capacidad para 6.300 personas y 25 restaurantes 


Al océano, ese terrible devorador de hombres y buques, cruceros como el ‘MS Allure of the Seas’ no hacen otra cosa que afilarle los dientes. Para ese "mar tensaescrotos", como lo definió James Joyce, los 360 metros de eslora de este gigantesco crucero, sus 16 cubiertas y sus 2.384 sirvientes y marineros, no dejan de parecerle poca cosa.

Con nuestra escala humana, los 24 ascensores y los 25 restaurantes donde una tropa de más de 6.300 viajeros navales pueden alimentar y entretener su ocio mientras se trasladan de un punto a otro del planeta sin sentir la marejada, suponen una enumeración magnífica, grandiosa, pero que apenas inmuta a su majestad la mar.

Hasta en las comparaciones que hacemos los humanos para cantar las magnitudes de este buque de 225.282 toneladas de registro bruto y 22,6 nudos de velocidad de crucero, construido en los astilleros STX Europe de Turku (Finlandia), deslizamos palabras que rinden pleitesía a su poder devastador. Es cinco veces el ‘Titanic’, susurran los amantes de las cifras faraónicas. Y todos sabemos lo que sucedió con aquel buque, presentado por la naviera White Star Line antes de su viaje inaugural entre Southampton y Nueva York como prácticamente insumergible.

Como el ‘Titanic’, también el ‘MS Allure of the Seas’ tiene un gemelo, el ‘MS Oasis of the Seas’, apenas cinco centímetros menor que su hermano, pero con quien comparte esas magnitudes mastodónticas, formidables y desafiantes que ambos pasean por el Caribe de aguas turquesas.

Desde la cubierta superior de estos buques de crucero, el Campanile de San Marcos, por ejemplo, se aparecería como una diminuta figurita plantada en mitad de la plaza veneciana dominada por palomas y turistas. Los buques mismos, con su enormidad, empequeñecen las delicadas obras humanas: templos, santuarios, palacios, calles y casas quedan disminuídos ante su descomunal pujanza. Y qué decir del desembarco de pasajeros, esa marea que, con la precisión de un metrónomo, se descarga puntual en los muelles para inundarlo todo, por unas pocas horas.

Dentro del mastodonte flotante de la Royal Caribbean International hay bares de dos plantas, tirolina y casino, patinaje sobre hielo, muchas piscinas, minigolf, jardines siempre frondosos (el de aquí se llama nada menos que Central Park) y cócteles con plumas y fuegos de artificio bautizados con nombres exóticos y lujuriosos que se pagan en dólares al final de la estancia. Todos esos entretenimientos consiguen hacer olvidar a los pasajeros la inexorable realidad del desplazamiento marino.

El mar desenmascara a los impostores. No perdona jamás los errores. Hay que tenerlo siempre en cuenta, aunque uno navegue en el mayor buque del mundo.
Fuente: el correo

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