lunes, 4 de febrero de 2008

Goyas '08

Ayer se entregaron los Goya y se produjo la sorpresa: La soledad se impuso a el orfanato y 13 rosas, confirmando lo que todo el mundo deseaba. Os dejo la lista completa de los premios.

Mejor película: La soledad

Mejor director: Jaime Rosales (la soledad)

Mejor dirección de producción:
Sandra Hermida (El Orfanato)

Mejor fotografía
: José Luis Alcaine (Las trece rosas)

Mejor guión original:
Sergio G. Sánchez por El orfanato

Mejor guión adaptado:
Félix Viscarret por Bajo las estrellas

Mejor actriz de reparto:
Amparo Baró, por Siete mesas de billar francés

Mejor película de animación:
Nocturna: Una aventura mágica, de Victor Maldonado y Adriá García

Mejor actor:
Alberto San Juan, por Bajo las estrellas

Mejor cortometraje de ficción:
Salvador (historia de un milagro cotidiano) (Abdelatif Abdeselam Hamed)

Mejor cortometraje de animación:
Tadeo Jones y el sótano maldito (Enrique Gato Borregán)

Mejor cortometraje documental:
El hombre feliz (Isabel Lucina Gil Márquez)

Mejor actor revelación:
José Luis Torrijo, por La soledad

Mejor director novel
: Juan Antonio Bayona, por El orfanato

GOYA DE HONOR: El actor Alfredo Landa.

Mejor actriz revelación:
Manuela Velasco, por Rec

Mejor película documental: Invisibles, de Mariano Barroso, Isabel Coixet, Javier Corcuera, Fernando León de Aranoa y Wim Wenders

Mejor película hispanoamericana: XXY

Mejor actriz: Maribel Verdú, por Siete mesas de billar francés

Mejor montaje: David Gallart (Rec)

Mejor sonido: Xavi Mas, Marc Orts y Oriol Tárrago (El orfanato)

Mejor canción original : "Fado da saudade" (Fados)

Mejor música original: Roque Baños por Las trece rosas

Mejor actor de reparto: José Manuel Cervino, por Las 13 rosas

Mejores efectos especiales: David Martí, Montse Ribé, Pau Costa, Enric Masip, Lluis Castells y Jordi San Agustín (El ofanato)

Mejor maquillaje y peluquería : Lola López e Icíar Arrieta (El orfanato)

Mejor diseño de vestuario: Lena Mossum (Las trece Rosas)

Mejor dirección artística : Joseph Rosell (El orfanato)


domingo, 3 de febrero de 2008

Carnavales '08

Ya pasó el carnaval y la verdad es que estuvo muy bien. Un kinito y unas risas que nos vinieron muy bien a todos para desconectar del día a día.

Para los que las quieran, ya tengo las fotos listas para descargarlas de rapidshare. Pedidme el link si queréis echaros unas risas...


Sobra las palabras...

REPORTAJE: LA MUERTE DE JOSEFINA

Una muerte digna

Se sentó a su lado, le tomó la mano, le dijo unas palabras de despedida, la besó de nuevo. Luego inyectó en el suero las dosis del combinado que harían de su muerte un tránsito indoloro y dulce. Y se quedó a esperar.

JORGE M. REVERTE 03/02/2008

Josefina Reverte era una mujer guapa, madre de seis hijos, cariñosa y de derechas, que tenía 75 años cuando, en la clínica de la Concepción de Madrid, le diagnosticaron un cáncer de mama tan avanzado que ya no tenía remedio. Se habían perdido seis preciosos meses para que aquello pudiera ser tratado con alguna posibilidad de éxito. Un médico de una mutua privada le había dicho que tenía una erisipela, y se afanó en curarle de esa afección que había identificado sin realizar una mamografía.

A Josefina no le dijeron que su pronóstico era fatal. Tan sólo le hablaron de la grave enfermedad y de que tenía que ser tratada con quimioterapia y radiología. Su hija Isabel, que la acompañaba, fue quien recibió la noticia en toda su crudeza. De aquel hospital, los hijos, que tenían amigos médicos que se lo recomendaron, la llevaron a la unidad del dolor de otro hospital madrileño, el Gregorio Marañón. El director del servicio fue más preciso, cuando estudió la historia clínica, para hacer su pronóstico: le quedaban tres meses de vida. Los hijos hicieron hincapié en que a Josefina la trataran de forma que sufriera lo menos posible. Y el médico se lo aseguró. La paciente recibiría un tratamiento ambulatorio que daría, en las posibilidades de la ciencia médica, una protección frente al dolor y una mínima calidad de vida.

Las semanas pasaron y la enfermedad fue avanzando de la manera exacta a como había sido previsto por el médico. No es preciso describir sus manifestaciones en forma de úlceras y otros espantos. Ni los estragos, perceptibles día a día, que el cáncer provoca en quien lo sufre. El tiempo galopó para todos.

Josefina siguió con disciplina el tratamiento paliativo que todos sus hijos suponían que ella pensaba que podía ser curativo. Llevaba la situación con un humor que parecía insensato, y su chiste favorito de aquella época era uno en el que una mujer acude al médico y le dice:

-Entonces, doctor, dice usted que Géminis.

-No señora, cáncer, cáncer.

Lo que provocaba una nerviosa hilaridad general entre sus vástagos, que seguían pensando que ella era ajena al poco tiempo que le quedaba. La última vez que contó el chiste coincidió con una situación insólita: todos sus hijos, los seis, acompañados por alguna nuera, habían coincidido en torno a su lecho, que era, esta vez sin ninguna literatura, de dolor. Aquella reunión multitudinaria la hacía tan feliz que quiso demostrar su buen humor con una extravagante petición:

-Quiero un gin-tonic.

Y la moribunda se calzó, con aire festivo y la ceremonia obligada que debe escoltar a un buen trago largo, su dosis, acompañada de todos sus directos descendientes, en un ambiente de risas francas y mimos desbordados. No le faltó algún comentario sobre la forma mejor de construir el cóctel y varios recuerdos sobre antiguas visitas a ese lugar de perdición que era el Chicote de la posguerra, adonde iba de cuando en cuando acompañada, eso sí, por su marido y otras parejas de amigos tan jóvenes y mundanos como ellos.

Al acabar la reunión, uno de los hijos, sin que nadie más que ella supiera el porqué de la elección, se tuvo que quedar para recibir una confidencia de Josefina que reventó en sus oídos como un bombazo: ella era consciente de que iba a morir pronto y no se sentía con fuerzas para acudir más veces al hospital a recibir sus periódicas dosis de morfina y engaño piadoso.

Pero a la revelación salvaje le seguía una cola de mucha mayor potencia. El hijo quedaba emplazado a cumplir una doble misión. La primera parte consistía en mantener el suministro de la medicación que garantizaba, hasta donde era posible, que el dolor fuera soportable. La segunda, mucho más dura, era la de responsabilizarse de que su madre tuviera una muerte digna y exenta de sufrimientos. Los demás hermanos no deberían ser consultados ni informados de la petición. Es sensato suponer que en el ánimo de Josefina estaba evitar debates sobre una decisión de la que era soberana. Y la dulzura con que estaba hecho el encargo no engañaba sobre su calidad de indiscutible. Llegada a un punto la evolución de la enfermedad, el hijo tenía que tomar la decisión de hacer que la muerte fuera más fácil y de que el desenlace se produjera en el momento preciso. Y no había más que hablar.

Parte de la misión era sencilla. Una íntima amiga del hijo, una curtida profesional de la anestesiología que trabajaba en otro hospital público de Madrid, se haría cargo del suministro y aplicación a domicilio de las drogas que paliaban el dolor. La otra parte cayó como un metro cúbico de plomo sobre el alma del recadero.

Ya no hubo más reuniones con gin-tonic. Josefina había sabido medir sus fuerzas a la perfección, había sido capaz de discernir cuándo podía tomarse la última copa con la que se saltaba a la torera las recomendaciones convencionales de los médicos, que, obligados por la solemnidad de su papel, son a veces capaces de prohibir a un desahuciado los excesos que podrían acortarle la vida a medio plazo. Ella había sido tan fuerte como para todo eso, y le ordenaba al hijo que lo fuera él para escoger el momento de su muerte. Las palabras clave que se grabaron en la cabeza del hijo, las que estaban recalcadas en el discurso de su madre, eran dignidad y sufrimiento. Mantener la primera y evitar el segundo.

A partir de aquel día del gin-tonic, la rutina en el domicilio familiar se fue haciendo más oscura y los chistes sobre el cáncer y los signos del zodiaco se fueron espaciando hasta desaparecer, porque Géminis había dejado de importar. Los gestos de cariño ya no se impostaban, para que una caricia jamás pareciera casual. Y cada una de esas caricias era como la última. La jovialidad se mantenía; la naturalidad al lavar a la enferma, al ayudarle a incorporarse, al leerle un artículo del periódico en voz alta, surgía sola, como surgen en muy poco tiempo las rutinas en los comportamientos de todos los seres humanos. Los nietos que acudían a visitarla, ignorantes por supuesto de la gravedad de la enfermedad, se abrazaban a ella intuyendo que aquellos abrazos no formaban parte de una cantidad infinita de abrazos. Ella sonreía entonces forzada para darles lo que le había sobrado siempre, alegría.

Pero la habitación estaba en penumbra muchas horas al día, porque la mujer necesitaba cada vez mayores dosis de medicación para poder soportar el dolor, la inmovilidad, la falta de fuerzas en las piernas, la escasez de aliento. Pasaba cada día unos minutos más que el anterior dormitando, dejándose llevar por la creciente potencia de la morfina y los demás venenos que la ayudaban a no sentir las terribles punzadas.

En realidad, estaba ya a la espera de que se cumpliera la atroz certeza que se había instalado en su ánimo. Y pedía, con insistencia, en sus momentos de lucidez, que le abrieran la ventana, que el cáncer olía. No podía soportar que ese olor se instalara en su entorno, que lo percibieran los que se acercaban a su almohada para darle un beso en la frente. Sus hijos pensaban que su madre olía igual de bien que siempre, y se creían que le daban el mismo beso de siempre, aunque, en casos así, un beso cambia su naturaleza y se torna temeroso, leve.

Un día, y de forma desprovista de importancia, añadió otra orden, esta vez sí a todos los hijos que andaban por allí haciendo como que lo que pasaba en aquel cuarto que estaba siempre ventilándose estaba dentro de la normalidad, que allí no había nadie muriéndose. Josefina dijo que quería que incinerasen su cuerpo, y dónde deberían ser esparcidas sus cenizas. Pero el aviso no contenía ninguna referencia temporal, podría haber sido un reclamo para veinte años más tarde. Todo iba quedando atado.

Las jornadas pasaban una tras otra con una insolente falta de solemnidad. Y su vida se iba apagando en una monotonía asistencial de enfermera contratada, porque le humillaba que sus hijos tuvieran que atender el deterioro de su cuerpo que se iba rompiendo, y de turnos de guardia para darle lo que necesitara a lo largo de las interminables noches de padecimientos en torno a un gotero que se nutría de sueros y fármacos cada vez más potentes.

Un viernes de invierno, en 1992, el hijo que estaba encargado de cumplir los terribles encargos de Josefina se despidió de ella porque iba a pasar el fin de semana fuera de Madrid. Y antes de irse, cuando la iba a besar para decirle que el domingo por la tarde volvería, Josefina le oprimió el brazo con la mano que apenas era capaz de sostener un vaso de agua. Y le miró de una manera que no dejaba lugar a la duda. Luego cayó otra vez presa del sueño morboso de la química.

Dos días después, la amiga anestesista acudió a la cita cargada de cariño y de algunos frascos. Exploró a Josefina, que respiraba con alguna urgencia, pero sin abrir los ojos, y coincidió con el lego en que el momento había llegado. Ya no contestaba a las preguntas, ya no besaba cuando era besada, ya sólo respiraba con una cierta agitación. Las instrucciones eran muy sencillas: si no había recuperación de la conciencia, era que el momento había llegado.

De madrugada, el hijo aprovechó un momento de soledad, se sentó a su lado y le tomó la mano. Le dijo unas palabras de despedida y la besó de nuevo. Luego inyectó en el suero las dosis del combinado que harían de su muerte un tránsito indoloro y dulce. Y se quedó a esperar. La respiración de Josefina se hizo paulatinamente más pausada, y su vida se extinguió sin que pudiera escucharse un estertor, porque no había agonía, sólo una expresión de serenidad. Cuando el pecho se quedó en calma, la muerte se convirtió en una de tantas muertes.

Los hijos de Josefina cumplieron sus deseos de ser aventada en un precioso rincón de la sierra de Madrid, y no volvieron a hablar del proceso de su muerte, plagado de sobreentendidos, porque no había nada que aclarar. Pero todos sabían que había pasado como ella quería que pasase.

Años después, muchos años después, las noticias de la prensa sobre la acción de las autoridades sanitarias madrileñas y la Iglesia española contra los médicos que habían aplicado métodos paliativos para aliviar el dolor y la pérdida de dignidad a muchos enfermos terminales y sus familias, hicieron coincidir a todos los hijos de Josefina en el recuerdo del final de su madre y en el carácter atroz e injusto de la persecución emprendida contra los médicos y, sobre todo, contra los enfermos del hospital Severo Ochoa de Leganés.

Uno estaba ilocalizable en Kenia. Los demás coincidieron en que sería duro, pero que sería bueno recordar su historia, la de Josefina, para que muchos ciudadanos meditaran sobre lo que significa una acción así. Decidieron romper el tácito pacto de silencio que una vez hicieron, y violar el carácter íntimo de su pequeña historia, para enviar a quien pudiera llegar una reclamación de piedad y de decencia.

Los hijos de Josefina se llaman Javier, José, Jorge, Cristina, Isabel y María José. La anestesióloga que les ayudó no puede tener nombre.


sábado, 2 de febrero de 2008

Cloverfield: Totalmente recomendada


Solamente decir que os recomiendo que la veáis, yo lo hice ayer. No os digo más, pero cuanto menos se sepa antes de verla, mejor...

viernes, 1 de febrero de 2008

A favor la Torre de Hércules

Más de 100 faros para apoyar que la Torre de Hércules sea Patrimonio de la Humanidad

31/01/2008 EFE

Un total de 108 faros de toda España se han sumado hasta las tres de la tarde de hoy a la iniciativa de encenderse mañana conjuntamente de 12:00 a 12:30 horas en señal de apoyo a la candidatura de la Torre de Hércules a Patrimonio de la Humanidad.

El Ayuntamiento de A Coruña informó en un comunicado de que hasta estos momentos 19 autoridades portuarias del país, que engloban los 108 faros, han manifestado que secundarán esta propuesta, si bien la corporación local no descarta que haya más adhesiones o que algunos puertos se sumen sin comunicación previa.

Faros de Barcelona, Bilbao, Asturias, Cantabria, Baleares, Canarias, Andalucía, Comunidad Valenciana y Ceuta, así como los de Vigo, Ferrol, Marín-Pontevedra, Vilagarcía de Arousa y la propia Torre de Hércules emitirán su señal luminosa y acústica mañana al mediodía. Se trata de una iniciativa de Puertos del Estado a requerimiento del alcalde coruñés, Javier Losada.

El presidente del organismo estatal, Mariano Navas, ya había manifestado su compromiso con esta candidatura en una carta remitida al Palacio de María Pita en la que comunicaba que, en la próxima reunión de la Comisión de Faros, que se celebrará el 6 de febrero, se aprobará una declaración expresa de apoyo a la Torre de Hércules.

La Autoridad Portuaria de A Coruña ya ha dado instrucciones para que los cuatro faros que de ella dependen -los de Fisterra, Cabo Vilán, Punta Nariga y la Torre de Hércules- se sumen a esta acción conjunta de apoyo al faro romano. Esta idea se suma al respaldo que otorgaron a la Torre faros de todo el mundo agrupados en la asociación internacional IALA, que emitió un comunicado en enero a favor de esta candidatura.

Microsoft lanza una oferta por Yahoo de 30.000 millones de euros

El gigante informático ofrece 31 dólares por acción de Yahoo, una prima de un 62% sobre el precio al que cerraron los títulos ayer

REUTERS 01-02-2008

Microsoft ha anunciado hoy que ha presentado una oferta para adquirir Yahoo con un acuerdo en metálico y acciones valorado en unos 44.000 millones de dólares (casi 30.000 millones de euros). El gigante de Internet ha ofrecido 31 dólares por acción de Yahoo, lo que representa una prima del 62% sobre el precio al que cerraron ayer los títulos de la compañía en el Nasdaq.