martes, 19 de febrero de 2013

La gente les importa un huevo

Holanda asume el riesgo de seísmos a cambio de extraer gas natural
El ministro de Economía se niega a una reducción del bombeo por fractura hidráulica
“Debo prolongar la inseguridad ciudadana un año más”

A tres kilómetros de profundidad, en la provincia holandesa de Groningen, al noreste del país, se encuentra el mayor yacimiento europeo de gas natural. Formado por la carbonización de capas de turba en el periodo Carbonífero, fue descubierto en 1959. Solo en 2012, la materia prima dejó en las arcas nacionales 11.500 millones de euros. Consumida a su vez por el 97% de la población, su explotación presenta un problema poco asociado a Holanda: los terremotos. Desde 1986, ha habido cerca de un millar y su intensidad ha oscilado entre 2 y 3,4 grados de magnitud en la escala de Richter. El pasado 9 de febrero, uno de 3,2 fue registrado en la localidad de Loppersum, cercana al mar del Norte. A las quejas de sus 10.000 habitantes, que han visto agrietarse paredes y desencajarse puertas y ventanas, se añade la alarma de que lo peor está por llegar. Según datos oficiales, la extracción intensiva de gas por medio de la fractura hidráulica (fracking, en lenguaje técnico en inglés), que inyecta fluidos a presión en la tierra para ampliar las fracturas naturales del sustrato rocoso con las bolsas de hidrocarburo, puede provocar sacudidas de hasta 5 grados.

Las consecuencias de semejante golpe son imprevisibles para una llanura salpicada de granjas y casas centenarias. El Gobierno, sin embargo, no cerrará la válvula de los 300 pozos de la región. Reducir el bombeo un 20% le costaría 2.200 millones de euros. Por eso busca la forma de compensar los daños causados. La respuesta dada por Henk Kamp, ministro de Economía, durante un encuentro con los vecinos en el pabellón deportivo de Loppersum fue incluso más lejos. “Debo prolongar la inseguridad ciudadana un año más. Es un riesgo que asumo y del que me hago responsable”, dijo, ante una sala atónita que pedía una reducción del ritmo de extracciones. “Es lo mínimo que pueden hacer hasta la presentación, en diciembre, del informe oficial sobre el futuro del gas natural en la región”, dice Marga Tap, con seis años de residencia en el pueblo y presente en la cita. Su casa tiene grietas. Sus amigos del final de la calle, suman una factura de 25.000 euros. “Los expertos dicen que son temblores suaves. Bueno, yo noté el suelo moverse bajo mis pies y un sillón se desplazó de lugar. ¿Qué nos espera?”, pregunta.

En Loppersum hay muchos contratistas de obras, como su marido, Enrico, con más trabajo que nunca. “No es una cuestión de ingresos. Haces una oferta, llega otra sacudida y vuelta a empezar. Hay daños que se ven, pero no así las emociones. Nadie quiere irse del pueblo. Solo pedimos que bajen la producción”, asegura. Su propuesta viene avalada por el Servicio Estatal de Minas, que ha llamado a “cerrar inmediatamente la espita del gas natural”, como dijo Jan de Jong, inspector general minero, en el Parlamento. Según explica NAM, acrónimo de la Sociedad Holandesa del Petróleo (y del gas), en manos de las petroleras Shell y Exxon Mobil, se suele introducir agua, arena y productos químicos para que fluya el gas por la grieta creada, “bajo estrictos controles de seguridad, por su eficacia”. El gas es luego transportado por Gasunie, esta sí, de propiedad estatal.

En Estados Unidos, donde fue inventado, la Sociedad Sismológica señala que el fracking puede provocar microsismos de 1,6 a 3,3 grados de Richter. Por encima se considera peligroso. Al ser inducidos por el hombre, se supone que no superarían la barrera de los 5 grados. Es decir, no desplazarían las placas tectónicas, ni tampoco habría sacudidas posteriores. De todos modos, la sociedad investiga el aumento de temblores, entre 2009 y 2012, desde Alabama y Montana, a Ohio y Tejas. En Reino Unido también se apunta una relación entre los terremotos del año pasado, al noroeste del país, con la inyección de fluidos. Los ecologistas temen contaminaciones en los acuíferos y daños permanentes en el subsuelo.

“Te acostumbras, pero los temblores cada vez son más fuertes. Un día pasará algo grave y no tendrá solución”, apunta Anne, una chica de 16 años que vive en una casa centenaria. A Tjitte Bruinsma, otro vecino, la situación le parece absurda. “Hay crisis y el gas supone divisas. Pero las casas no resistirán. Tal vez podrían dejar el consumo de gas para el norte de Holanda, e importar el resto”, propone. Hilda Groeneveld, secretaria de la asociación que cataloga los daños y reúne a los afectados, pide “mayor transparencia”. “En un suelo de arcilla y arenas se nota más un terremoto. Hay verdadero temor”, subraya.

NAM ha reservado 100 millones de euros para compensar a los afectados, y sus inspectores pasean por Loppersum, y los alrededores, evaluando daños. “A nadie se le escapa la difícil posición del Gobierno. Pero yo velo por la seguridad de mi pueblo, y tras nueve temblores seguidos, NAM y el Gobierno tienen que ganarse nuestra confianza”, asegura el alcalde, Albert Rodenboog. El Consistorio ha abierto un registro de quejas, y apoyó la idea de que los contratistas locales colaboraran con la gente de NAM.

Loppersum es un lugar apacible, con canales bordeados de edificios que no perturban la armonía ambiental. A pesar de la solidaridad vecinal, el frenazo al bombeo de gas propuesto tiene mal encaje en una industria indispensable. Holanda, que lo exporta a Francia, Italia y Alemania, calcula que su yacimiento se agotará en unos 30 años. Por eso el Gobierno necesita ganar tiempo. Quiere convertirse en el centro neurálgico de la importación y distribución de gas natural en Europa Occidental. De ahí la presencia del primer ministro liberal, Mark Rutte, en la inauguración del gasoducto Nord Stream, en 2011, al norte de Alemania. El gas ruso llegará por allí a través del mar Báltico, y Gasunie tiene un 9% del proyecto. En Rotterdam, de otro lado, hay una terminal de almacenaje de gas licuado procedente de Trinidad y Tobago, Nigeria, Angola y Oriente Medio. Son ejemplos del margen pedido por el ministro Kamp a unos vecinos conscientes de que ganan y pierden, a la vez, con el gas.
Fuente: el país
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