jueves, 22 de mayo de 2014

Investigación

Mitos y realidades del mercado del gas
El pacto entre Moscú y Pekín deja cuestiones sin resolver, lo que lo convierte en virtual

Stalin se preguntó cuántas divisiones tenía el Papa. Ahora, con el esfuerzo de Vladimir Putin de reconstruir el espacio soviético, cabe preguntarse cuántos millones de metros cúbicos de gas tiene cada país. Y, sin olvidar que sin una sola división y sin que la Guardia Suiza se parezca a los Navy SEAL, el Vaticano ahí sigue y la URSS no es más que un recuerdo nostálgico para Vladimir Putin.

No es algo nuevo. Desde que hace 30 años el Gobierno de Ronald Reagan bloqueó la venta de turbinas estadounidenses para el gasoducto que iba a conectar Siberia Occidental con Francia y Alemania, el gas natural ruso (o soviético) ha sido algo más que una materia prima. Hace tres décadas, los aliados europeos de la OTAN siguieron adelante con sus planes para importar gas soviético.

La Francia de François Mitterand y la Alemania de Helmut Schmidt tuvieron a gala ignorar las admoniciones de Washington sobre el gas siberiano. Paradójicamente, ese gas se ha convertido en el Talón de Aquiles de buena parte de Europa cuando estamos preparando los fastos para la celebración de un cuarto de siglo del final de la Guerra Fría.

El problema es que el gas no solo es importante para el que lo compra, sino también para el que lo vende. Y ahí Rusia no lo tiene todo a su favor. Su rocambolesco acuerdo con China parece insinuar cierta angustia vendedora. En primer lugar, el precio es secreto.

¿Por qué? Hay que tener en cuenta que Pekín está comprando a la ex república socialista soviética de Turkmenistán gas a 10 dólares la British Thermal Unit (BTU), y que, en general, la empresa rusa Gazprom necesita venderlo a 12 dólares para tener beneficio. El hecho de que no digan el precio arroja dudas sobre la seriedad del acuerdo. ¿Va Pekín a comprar más caro? ¿Va Rusia a vender con pérdidas?

Solo sabemos que el precio va a ser determinado por una fórmula vinculada al precio del petróleo. Eso es importante. A medida que se ha disparado la producción de gas natural en EEUU, el precio del gas se ha ido despegando del que tiene el petróleo, y el primero se ha hecho más barato que el segundo. Si el precio del gas ruso estará vinculado al del petróleo, debería ser relativamente caro. Pero volvemos a lo de antes: la fórmula para fijar el precio es como la de la Coca-Cola: secreta. Y tener precios secretos en un contrato a 30 años por valor de 325.000 millones de euros (400.000 millones de dólares) es, de nuevo, poco serio.

Hay más problemas. Uno es que el gas que Rusia va a vender a China está en Siberia Oriental. Eso significa que o Putin se lo vendía a Pekín o se lo comía (o, más bien, inhalaba) él mismo, puesto que ese gas está lejos de todo... salvo de China. Finalmente queda la 'pequeña cuestión' de las infraestructuras. El acuerdo prevé una inversión en sistemas de transporte de 60.000 millones de euros (75.000 millones de dólares) a través de un terreno, en general, inhóspito. Rusia va a poner 45.000 millones de euros, y China el resto. Una vez más, se plantea una pregunta: ¿de dónde piensa Moscú sacar ese dinero? ¿O van a ser empresas chinas las que construyan los gasoductos rusos?

Así pues, el acuerdo anunciado ayer es bastante virtual. Putin tiene gas, del mismo modo que Stalin tenia sus divisiones. Pero el Vaticano sigue ahí, y la URSS ha desaparecido hace dos décadas. Acaso al gas ruso le pase algo parecido.

Y es posible que al gas estadounidense le suceda lo mismo. Porque, si los números del acuerdo entre China y Rusia no encajan (o, mejor dicho, no existen, porque son secretos), tampoco lo hacen los que quienes dicen que EEUU va a inundar de gas natural a Europa, con lo que el Viejo Continente dejará de ser dependiente de Rusia en materia energética.

Es cierto que EEUU está viviendo un 'boom' de la producción de gas natural gracias al fracking. Y es cierto que el precio del gas se ha desplomado en ese país. Pero eso no quiere decir que exportarlo sea fácil.

En primer lugar, las plantas a través de las que EEUU podría sacar el gas fuera de sus fronteras fueron construidas pensando en que Estados Unidos iba a tener que importar gas.

Una planta exportadora toma el gas y lo pone a 160 grados bajo cero, para que se convierta en líquido y pueda ser cargado en un barco LNG que lo transporte. Una planta importadora de gas hace exactamente lo contrario. Así que reconvertir una exportadora en una importadora no es fácil. Transformar la terminal de Sabine Pass, de la empresa Cheniere, en Louisiana, de importadora en exportadora está costando 7.200 millones de euros y cinco años de trabajos.

Pero, además, hay otro problema, que refleja el caso de Sabine Pass: si una empresa compra gas en EEUU, ese país no le exige que lo venda a un determinado comprador como sí hacen Argelia o Rusia. Y el gas natural es más caro en Asia que en Europa. Por tanto, el gas natural de EEUU irá, con toda probabilidad, a Asia.

Y, finalmente, está la política interna de EEUU. Si el Gobierno de Obama autoriza la exportación masiva de gas natural, las empresas estadounidenses de ese sector ganarán mucho dinero. Pero eso también supondrá menos oferta de gas barato para consumo interno. Y una de las claves de la actual reactivación económica de EEUU es el bajo precio de la energía.

La siderúrgica austriaca Voestalpine, por ejemplo, va a cerrar una fábrica en Austria y llevársela entera a Texas, desde donde reenviará la producción a Europa. A Voestalpine le saldrá más barato hacer eso que seguir manteniendo sus actividades en Austria entre otras cosas porque la energía en EEUU es muy barata por la subida de la producción de gas.

Todas las industrias que son intensivas en energía, como la siderúrgica, la del aluminio y la química, están haciendo presión para que Washington no permita la exportación a gran escala de gas natural, porque eso supondría aumentar sus costes de producción. Y esas industrias se concentran a su vez, en el Medio Oeste de EEUU, que es un área que suele decidir quién gana las elecciones en ese país.

Así pues, parece poco probable que el gas de EEUU vaya a inundar Europa. Igual que no está claro que el gas ruso vaya a regar China. Por ahora, el gas ex soviético seguirá yendo a Europa Occidental, y que el gas estadounidense continuará en Estados Unidos. 
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